En el baúl de los recuerdos

 “El running, deporte individual donde cada cual es su propio capitán, y que por momentos hay camaradería entre pares”.


A principios del año 2018, decidimos emprender con mi padre un viaje a San Martín de Los Andes con el fin de correr mi primera carrera de trail running, en una distancia de 23 kms. 

Al día de hoy, todavía recuerdo con claridad, los sucesos más relevantes de esa experiencia junto a sus detalles y los momentos compartidos con sentidos afectos. Un espacio de tiempo que siempre que lo evoco me trae un grato recuerdo, y hasta una nostalgia, por esa inolvidable jornada compartida.

En fin, ya sin más preámbulos, acabaré con toda esta perorata, con o sin sentido, para introducirme en lo importante; los meses y días previos a esa carrera.

 

Pretemporada de verano: A decir verdad, mi preparación para esa prueba no venía siendo del todo buena, al tiempo que estoy convencido, de que cada persona, en el fondo, y con una mano en el corazón, sabe cuándo está haciendo las cosas bien, regular o mal para lograr algo. Para ese momento llegaba débil de piernas, y eso en una carrera de montaña es un error garrafal, aún cuando entrenaba con esfuerzo y voluntad, más no realizaba trabajos de fuerza en el gimnasio.

 Además, no le daba importancia,  -por desconocimiento-, a lo que se le llama el entrenamiento invisible, que consiste en seguir una buena alimentación, y darle al cuerpo el descanso necesario, con las horas de sueño que este necesite para rendir correctamente al día siguiente.

En realidad, lo único que me ayudaba para correr, era el ser medianamente delgado, y tener  -dentro de mis posibilidades- un poco de resistencia, aunque, a decir verdad, iba con el aire justo, e inclusive, en algunas circunstancias utilicé el tanque de reservas.

 

 El Viaje

            Planificar esa aventura, y compartir esos días con personas apreciadas y/o queridas fue realmente extraordinario. Sobre todo esa compañía, que en muchos momentos, me sirvió para calmar mis nervios y ansiedad.

 Como dije, el trayecto lo empezamos solos con mi padre, mechado con algún entrenamiento de por medio en la ciudad rionegrina de Cipolletti donde hicimos una parada, que incluyó un tiempo  para hacer unas pasadas y distenderme. 

Aclaro que para esa fecha, me costaba mucho disfrutar del antes, durante y post-carrera, cosa que con el tiempo, los entrenamientos que fueron pasando, y las carreras que le siguieron, me ayudaron para quitarle ese dramatismo y exigencia que le daba al deporte. Obviamente, reconozco, que me gusta ser competitivo y dar siempre el 100%, pero a veces me he exigido por demás y he terminado exhausto. Fue entonces que me pregunté, ¿para qué ir tan apurado?, acaso, si ¿me iba a cambiar el hecho de terminar  7mo una pasada en vez de 2do o 3ero?

Por eso hoy en día, me siento bien cuando voy lo más adelante que me da el cuerpo, pero, si me canso, o me falta el aire, entonces bajo el ritmo o camino, mientras busco disfrutar al máximo ese momento.

Ahora volviendo a esa carrera, estábamos llegando a nuestro destino, la ciudad neuquina de San Martín de los Andes, que para mí es, un pueblo-ciudad, del cual estoy enamorado y agradecido de haberme regalado tantos momentos de alegría en mi vida. En donde abundan las jornadas de pesca sin éxito en el lago Lolog, las caminatas por la laguna Rosales, y esos cielos estrellados en la montaña. Es uno de esos lugares que me encanta visitar al menos unos días al año para disfrutar de su belleza natural, y de su tranquilidad. Perdón al lector, por tanto sentimentalismo repentino, es que son muchos los recuerdos; buenos en su gran mayoría, que tengo de ese rincón del mundo.

Ahora yendo al plano de lo deportivo, estaba muy contento de que mi primera carrera en montaña fuera en la Patagonian run edición 2018, y que al llegar, nos estuvieran esperando unos amigos de nuestra familia, que siempre nos han recibido con los brazos abiertos y nos hacen sentir como en casa. De allí, no tengo mucho más que decir, más que haber pasado unos días excelentes de descanso con algún trote, y obviamente, disfrutando de aquellas latitudes.

Entrega del kit (día previo)

            Esto ocurrió en el centro de la ciudad. Allí me dieron mi kit consistente en mi número de corredor, los kilómetros por recorrer (21 según el cartel; 23 en realidad) y un chip que controla el tiempo. Para ser franco, aquel día me encontraba muy nervioso, tanto es así, que cuando me probé la remera de la carrera me la puse al revés. Igual, esa no fue la razón principal. En realidad, me había parecido muy mona la chica que me la entregó. Todo fue muy rápido. Una sonrisa para salir de ese momento, agradecer por la atención, retirarme por donde había entrado, y ahora sí, concentrarme pura y exclusivamente en la carrera del día siguiente.

Antes de dar por finalizada la jornada comimos todos temprano entre risas y algunas menciones de algunos aspectos de la carrera como el caso del recorrido, tiempo estimativo para finalizar la misma y el clima. No mucho más que eso. Ahora, era dormir bien y nada más. Sobre esto último, tengo que admitir, que casi nunca tengo problemas la noche previa a una carrera, y si estoy nervioso o ansioso, me pongo música y trato de pensar en otra cosa hasta dormirme.

 


La carrera

Por fin, el gran día había llegado. La jornada, mostraba un cielo totalmente despejado, que presagiaba un día cargado de emociones, con tensión por momentos, y que se presentaba para mí como un buen desafío en lo físico tanto como en lo mental.

Como dije, la distancia a recorrer en la que me anoté fueron los 23 kms. Este trayecto comenzaba en el Regimiento de Caballería de Exploración de Montaña Número 4 del Ejército Argentino, para seguir con el ascenso hasta la laguna Rosales, y culminar en el tradicional y atractivo centro de la ciudad.

La carrera empezó  alrededor de las 7 u 8 de la mañana, no lo recuerdo con exactitud. El problema que se me presentó, desde el primer momento fue el frío, ya que al estar entre árboles y montañas, el sol no se hizo presente. Por suerte, cuando comenzó la carrera, la primera etapa fue en subida, por lo que la temperatura del cuerpo aumentó y entré en ritmo enseguida. Caminando a buen paso en los ascensos, mientras que en los llanos y bajadas, aprovechaba esa topografía del terreno para trotar a la mayor velocidad que me permitía el cuerpo.

Ahora bien, siendo autocrítico, fue uno de esos días en que cometí muchos errores, entre ellos, usar zapatillas de trekking para caminar en la montaña, en vez, de las de trail, ya que no son el calzado correcto para una prueba de running de montaña. A día de hoy, todavía pienso esa situación, y me acuerdo cuán pesadas eran para desplazarme, y peor aún pasando un arroyo o al intentar ir a un ritmo más ligero. Igualmente pude sortear este escollo con éxito, e inclusive, ahora me divierto cuando recuerdo esta anécdota. 

Otro tema, fue el de la alimentación e hidratación, ya que sólo contaba con 3 o 4 gomitas en una carrera de 3 horas 17 minutos. Una locura e irresponsabilidad total. En el otro ítem, tan solo tomé unos pocos sorbos de agua. Al día de la fecha, no entiendo como no me deshidraté.

 Aquí me quiero detener, porque a mitad de carrera me encontré con una carpa grande donde todos los corredores cargaban sus cantimploras o botellas, y mesas para comer algunos snacks salados, gomitas o barras de cereal. No lo sabía. Fue meses después, que me enteré de que ese lugar de descanso se llama oasis, y que sirve para recomponer fuerzas para todos los corredores, estando su acceso o consumo, incluido en la inscripción. Volviendo a la carrera, y tras superar la subida, bordeando la laguna Rosales, faltaba el último trayecto, la bajada.

De ese momento recuerdo tres secuencias: 1) el cansancio y agotamiento que tenía en todo el cuerpo;

 2) la vista al lago Lacar y su entorno con sus diversas tonalidades de colores, aunque admito que en esa bajada tan empinada, y en carrera, es prácticamente imposible observarlo con el detenimiento que realmente merece ese escenario natural, y por último, 

3) saber que estaba cerca de lograr el objetivo, que me iba a encontrar con mis afectos; pero sobre todo, iba a abrazarme con mi viejo que me esperaba con un asado y buena compañía en algún lugar de la montaña.

Por fin, luego de un esfuerzo muy grande se veía el arco de llegada, y mi cara era pura felicidad. Sabía que lo que me había propuesto ese día, lo había cumplido.

El final fue muy lindo y especial, había completado mi primera carrera de montaña. Que en esa mañana soleada la conocí desde otra perspectiva. Una experiencia, que siempre atesorare con cariño y con una sonrisa.

 

                                                                                          FIN

 



 

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